sábado, 18 de febrero de 2017

LA GARRA Y LA ROSA

La Garra y la Rosa
“FUERZA Y PODER EN LA VICTORIA”
En el escudo de Armas de una noble familia de rancio abolengo, se podía ver una hermosa rosa roja que unía sus raíces con los huesos decrépitos de una terrorífica garra, como si fueran dos manos entrelazadas.
Ante los ojos del pequeño de la estirpe, cobraban vida, las imágenes y le trasportaba a los tiempos de los cuentos de princesas y dragones, que tantas noches de verano habría escuchado de labios de su abuelo. Y esta es la historia de La Garra y la Rosa.

La  muerte del último Dragón

El último dragón murió de pena, se abandonó en brazos de la tristeza y la soledad. Derrotado, tras recorrer el mundo buscando una compañera, llego al desierto, dónde sus lágrimas crearon un bello oasis. Tan vacío y solo como su corazón, era el paisaje que lo rodeaba. Y así lleno de amargura y frustración, se dejo morir, exhalando su último aliento en  agonía y  desesperación por no haber encontrado a quien amar en esta vida.

Albalayla, princesa cautiva (que sueña con poseer la flor más bella del mundo).

Al ponerse el sol cada tarde por las almenas del castillo, la bella princesa lo miraba, inundando el jardín con sus suspiros. Miles de príncipes llegaban desde confines muy remotos, portando sedas tan suaves y tesoros tan exóticos, que habrían hecho palidecer de envidia hasta la gran soberana de Saba. Nada le contentaba, nada le complacía, ella solo quería ser dueña de una flor…, pero eso sí, tenía que ser la flor más bonita de la tierra, la más hermosa que hay existido jamás.

Vincesgildo, el valiente trovador enamorado.

Y fue que un buen día llego a oídos de un joven poeta, los anhelos de la bella princesa y de cómo despreciaba las riquezas, queriendo solo poseer una flor. Intrigado por los rumores que corrían sobre su delicada belleza, decidió partir hacia el castillo, con la intención de conocerla.
Apostado en la muralla dejo correr el día hasta al ocaso, imaginando las gracias que adornarían a tan divina criatura. Cuando el sol ya se ocultaba, vio salir a su dama al balcón del torreón, llenado de luz la tarde, la escuchó suspirar con la mirada perdida en el horizonte, y sus suspiros anidaron en su corazón de joven trovador, inspirándole versos llenos de amor apasionado.

El sabio ermitaño del desierto.

Vivía en una cueva un viejo ermitaño, famoso en todo el reino por su gran sabiduría, decían que conocía hasta el lenguaje del viento, donde viajan todos los pensamientos. Sin duda si había alguien en el mundo que conocía donde se encontraba la flor la más bella, tendría que ser él, se dijo el trovador, que laúd al hombro y arrebatado el recuerdo de su amada, había emprendido la marcha, dispuesto a hallar la flor que anhelaba su princesa.

La semilla de espino sepultada.

El sabio del desierto mucho antes de que llegara el joven enamorado, sabía perfectamente el motivo de su visita y ya le tenía preparada una corona de espinos, que según el ermitaño tenía una procedencia sagrada, cuando se la entregó al trovador, le explicó, que debería buscar la montaña más alta del desierto, que posee un viejo oasis solitario a sus pies y que justo ahí debería plantar la semilla, enterrando bien la corona. Y así lo hizo.

Regada con llanto de vida.

Pasaban los días y nada crecía, el agua del oasis apenas alcanzaba para beber él y regar las espinas, pero el apuesto poeta no desesperaba, y si alguna vez lloraba, sus lágrimas serian para regar la flor de su dama. Y es que aunque no se pudiera ver en la superficie, sí que había en las entrañas de la tierra, una tierna raíz que buscaba, su alimento entre la arena.

Nuevo brote de amor simbiótico.

Con sudor y llanto regaba el joven su campo, ajeno a lo que bajo sus pies, estaba ocurriendo. La diminuta raíz se había enrollado con los huesos de la garra del dragón, que bajo la arena murió sepultado. No sé si fue la fuerza del nuevo brote germinado o el resto del anhelo que en los huesos del dragón permanecía, el caso es que se hicieron uno, mientras la planta crecía.

Desgarrado corazón.

Por fin los ojos del poeta pudieron ver como reverdecía el espino, como se levantaban al aire nuevos tallos y como nacía el primer capullito, promesa de felicidad y dicha para él y su amada, por fin!!!, no podía dar crédito a tanta hermosura, su corazón saltaba de júbilo en su pecho, mientras veía crecer sus ilusiones junto con la planta, componía odas y poemas, que llenaban las noches del desierto de amor y de magia. Y llegó el día, la Rosa sin duda era la más hermosa que unos ojos contemplarían jamás, ya imaginaba el joven enamorado la expresión dicha y felicidad de su princesa, mientras se disponía a arrancarla. Pero al tirar con fuerza de la flor, salió detrás la garra, incrustándose en el corazón del poeta, que cayó al suelo fulminado.

Beso resucitador.

Estremecido por el murmullo del viento, que le narraba como cada noche lo acontecido en el desierto, el sabio ermitaño partió en busca del valiente trovador, que yacía con su mejor traje, una sonrisa esplendida y la flor más hermosa del mundo en su pecho (garra anclada en su corazón), a los pies de la montaña más alta del desierto, que en realidad era la sepultura del último dragón.
Horrorizado por la visión que contemplaba decidió partir hasta el reino de la princesa cautiva, para contarle lo sucedido, pues no conocía remedio alguno que pudiera devolverle la vida al joven poeta. 

La joven dama al conocer la historia quiso en seguida ver el cadáver del enamorado, pues aunque fuera tarde, quería pedirle perdón y agradecerle todo lo que por ella, había soportado.  Al verlo la princesa rompió en llanto, estaba tan hermoso con su traje nuevo, su sonrisa ancha y la flor en su pecho…que sintió mucho amor y muchas ganas de besarlo, al acercarse a su cara, resbalaron tantas lágrimas por su mejilla, que estremecieron a la rosa y esta, a la garra, y la garra al corazón, devolviéndole el latido por amor.

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